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RELILOMO

Parábolas

¿Esperamos de verdad a Dios?

Érase una vez un tal Baruch, que estaba orando. Había oído al comienzo del día una historia sobre Avromole, que nunca comía ni dormía siquiera un poco, viviendo febril y apasionadamente sin perder el tiempo en vivir como cualquier otra persona. Se preguntaba Baruch si tal cosa era verdad, por qué había elegido vivir de esa manera, qué le condujo a hacerlo. Esto le inquietaba tanto en su oración que decidió ir a visitarle y comprobar por sí mismo lo que le habían contado.
Partió, y encontró a Avromole enseñando a sus discípulos. Enseguida le preguntó: - ¿Es verdad que no comes ni duermes?
La respuesta fue simple y directa: - Sí
Baruch preguntó de nuevo: - ¿por qué?
Avromole le miró y le dijo: - Te contaré una historia.


     Hace mucho tiempo, cuando apenas tenía 9 años, mi padre se levantó muy temprano y me mandó a por los caballos, porque salíamos de viaje. Sabía que se trataba de algo importante. Mi padre quería que fuese con él. Embridé los caballos y saqué el carro tan rápido como pude. Mi padre se subió y se sentó a mi lado, agarró las riendas y arrancamos por el camino principal. Íbamos en silencio a toda velocidad. Las millas y los minutos pasaban volando. Tomó después un pequeño camino secundario lleno de surcos y cubierto de árboles. Al llegar a un claro nos detuvimos bruscamente. Saltó al suelo, me pasó las riendas y me miró:    -Quédate aquí y espérame.

     Esperé y esperé, pero no volvía. No tenía ni idea de dónde estábamos ni adónde había ido él. Comenzó a preocuparme que no regresara y me hubiera dejado allí solos. De pronto apareció caminando entre los árboles con otro hombre.  Era un hombre que ardía, resplandecía, era radiante desde lo más profundo de sí mismo, y este fuego le salía por los ojos. Era hermoso. Yo no conseguía escuchar lo que estaban hablando. Se fueron acercando hasta mí. El joven miró fijamente la cara de mi padre y dijo:
- ¿Estás seguro? ¿Es esto lo que tienes que decirme? ¿Estás completamente seguro?
      

    Mi padre lo miró atentamente y dijo con rotundidad: - Sí estoy seguro. Esto es lo que tenía que decirte. Debes escucharme.

          Entonces ambos lloraron, y se abrazaron largamente, como si no fuesen a verse nunca más. Finalmente se separaron, mi padre subió al carro y marchamos. Yo miré hacia atrás: el joven estaba llorando, y seguí mirando hasta que los árboles me lo ocultaron.
Corríamos hacia casa. Yo deseaba que parara para preguntarle quién era aquel hombre y de qué habían hablado. Pero no me atreví a hacerlo hasta que tuvimos nuestra casa a la vista. Le agarré del brazo y le pregunté: - Papá, ¿quién era ese hombre?
Detuvo los caballos, se volvió hacia mí, mirándome muy intensamente: - Hijo, era el Mesías, el hijo de David.
- Pero, padre, ¿qué quería de nosotros?
Había lágrimas en los ojos de mi padre: - Le dije que no viniese ahora, porque nadie lo esperaba. Nadie estaría preparado. Tuve que decirle eso, que nadie estaba de veras esperándolo.


   Así pues, Baruch, como ves, con este recuerdo vivo todos los días. Si tú hubieses visto la cara del Mesías y supieses que no iba a venir porque no había nadie esperándolo, ¿comerías, dormirías o vivirías como cualquier otro? ¿Lo harías? ¿Te arriesgarías a hacerlo y dormirías o comerías de nuevo?

Fe. Esperanza. Deseo. Querer que Dios venga. ¿Esperamos nosotros de verdad a Dios?

La desoladora obra de Samuel Beckett «Esperando a Godot» plantea este problema en términos contemporáneos. Godot es un diminutivo cariñoso de Dios. Didi y Gogo son dos figuras realmente tristes, que esperan debajo del mismo árbol, todas las tardes, que Godot venga y dé algún significado a sus vidas vacías. Ellos esperan, pero su existencia no tiene significado, ni esperanza real, ni expectativas. No hacen nada mientras tanto. Matan el tiempo, antes de que el tiempo se acabe y los mate a ellos. Didi observa en cierto momento que «la costumbre es un gran insensibilizador». Esto no es esperar o estar preparado; en algún sentido es una existencia sin fe, sin esperanza, sin vida de verdad, sin gracia, vacía. Éste es el penoso extremo opuesto a la atención y viveza del Adviento.

                                                                                                                  Megan McKenna, El Adviento y la Navidad día a día.(Sal Terrae)
                                                                                                                                                                                             (Resumido)

Decálogo para "subir" nota

Hace falta uno. . .

1  Hace falta uno que sea capaz de sobrevivir con el móvil apagado, la play estropeada o el messenger bloqueado, y no por ello tenga que encontrar desesperadamente algún culpable con quien descargar toda su ira.

2   Hace falta uno que sea capaz de salir a la calle vestido "de andar por casa", incluso, y esto va para nota, sin ninguna prenda de marca, y no por ello tenga que ir escondiéndose y buscando atajos para que no le vea ningún conocido.

3   Hace falta uno que desconozca por completo qué famoso ha sido pillado in fraganti últimamente o quién se ha divorciado en la serie del momento o quién ha puesto los cuernos en la telenovela de sobremesa, y no por ello se le suban los colores por quedar en evidencia ante los amigos.

4   Hace falta uno al que le guste hablar con la vecina del 8º que tiene 94 años y no da pie con bola o que le interese las batallitas de los abuelos del parque, y no por ello tenga que acudir al psicólogo para verificar qué anomalía tan extraña padece.

5   Hace falta uno que sea capaz de ceder y pedir perdón (aunque él lleve la razón, aunque todo el mundo sepa que es el otro el que debe excusarse) para salvar una relación de amistad, un grupo, y no por ello tenga que arrepentirse por el resto de sus días.

6   Hace falta uno que se enamore apasionadamente de sus amigos, de sus amigas, de su gente y no por ello tenga que recurrir al revolcón para corroborar que no se puede amar a una persona sin estar en posición horizontal.

7   Hace falta uno que salga de fiesta o haga botellón sin consumir una gota de alcohol, y no por ello tenga que decir a sus colegas que se está medicando.

8   Hace falta uno que gaste parte de su tiempo en una acción benéfica, ayudando a los más necesitados, y no por ello tenga que renunciar a todo su tiempo libre.

9   Hace falta uno que asista cada domingo a su parroquia o se apunte a un grupo cristiano o decida ser catequista, y no por ello se sienta un bicho raro, una especie de extraterrestre venido de otro planeta.

10 Hace falta uno que se enganche al rollo del Nazareno, que se declare amigo de Jesús, y no por ello tenga que dejarle "encerrado" en casa cada vez que salga a la calle, para que no le meta en un compromiso delante de sus amigos.

José María Escudero

Misión Joven, Enero-Febrero 2008

El samaritano galáctico

Se levantó entonces un joven y dijo a Jesús:

–Mister, ¿qué debo hacer para jugar con los mejores, para convertirme en un futbolista de élite, para llegar a ser un “galáctico”?

Jesús le contestó:

–¿Cuál es el principio básico para que un futbolista triunfe?

El joven, sin dudarlo, respondió:

–Amarás y confiarás plenamente en Tu Entrenador y en tu equipo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente.

El Señor le dijo:

–Has respondido correctamente. Haz eso y llegarás a la cumbre.

Mas el joven, que por la cara que ponía no las tenía todas consigo, se dirigió de nuevo a Jesús con estas palabras:

–Es que debes saber que mi equipo es de los flojos, nunca hemos ganado nada importante, nadie se fija en nosotros. Además ya llevamos dos temporadas que contamos los partidos por derrotas.

Jesús, intentando levantarle el ánimo le dijo:

–Hace unos años cuando la liga de fútbol palestina estaba en alza, el Jerusalén FC, debido a la política de fichajes de su presidente, se había convertido en el equipo de moda del momento y tenía aficionados por todas las partes del mundo. El presidente del club, para lograr tal objetivo, había desembolsado grandes cantidades de dinero contratando a los mejores jugadores del mundo...

A pocos kms el Sporting Samaría, cuyas arcas del club estaban semivacías, se valía de chiquillos de la provincia para sacar el equipo adelante. Todas las temporadas tenían que pasar un auténtico vía crucis para no perder la categoría...

Pues bien la suerte de un boleto de lotería quiso que el club samaritano obtuviese una gran cantidad de dinero. Ya te puedes imaginar, a los aficionados samaritanos se les hacía la boca agua pensando en un nuevo campo de fútbol para acoger a los mejores futbolistas del mundo: brasileños, europeos, argentinos... Sin embargo el presidente del club, sorprendiendo a propios y extraños destinó todo el dinero en la contratación de un entrenador... Te preguntarás qué sucedió... Pues en la siguiente temporada, en la última jornada, con un equipo plagado de jovencísimos canteranos y, además, ante el eterno rival, el Jerusalén FC, los samaritanos lograron la Liga y el pase a jugar con los mejores equipos del mundo...

Y ahora –le preguntó Jesús–, ¿qué equipo de los dos, piensas que actuó de mejor forma?

El joven contestó:

–Los que conformaron su equipo con jóvenes que pusieron toda su confianza en el Técnico.

Jesús le dijo:

–Pues vete y haz tu lo mismo. Empieza por buscar al Gran Entrenador y deja que Él y su equipo te conviertan en “un Galáctico”.

José María Escudero

Misión Joven nº 351


El sueño de Dios

Y mira que había visto cosas extrañas en su vida...., pero ¡vamos!, hasta esos términos...¡no! El joven Javier estaba frente a una pequeña tienda, cuyo escaparate contenía un rótulo que, a malas penas, podía descifrarse: "Se venden sueños"

Javier, preso de una enorme curiosidad no se lo piensa dos veces y entra como una exhalación al interior... Acaso ¿no entraríais vosotros?... ¡Pues pasad, pasad, no os quedéis en la puerta!J

¡Vaya desilusión! Javier estaba a punto de dar marcha atrás, pues el pequeño habitáculo estaba vacío: ni un mostrador, ni unas cajas, ni una simple nota aclaratoria... Nada de nada. Menos mal que al instante, por arte de magia o, mejor dicho, por el sublime arte de los sueños, una anciana aparece en escena... ¿La veis?... ¿No? Pues cerrad los ojos... ¿Ya? ¡Bien, sigamos!

- Buenas tardes, joven. ¿Desea algo?

- Hola, no, no... O sí, bueno, no sé... Es que he leído lo que ponía en el escaparate, pero ya veo que andan de reformas...

- ¿Cómo? No, no -le sonríe tiernamente la anciana-, es que los sueños les tenemos en el interior... No paran quietos, apenas alguien abre la puerta y ya quieren echar a volar... Y es que ya se sabe: "los sueños, sueños son"

- Ah, bueno- dice Javier, no muy convencido y empezando a dudar de la salud mental de la anciana. Mire -se vuelve a dirigir a Javier-, le voy a mostrar los tipos de sueños que tengo, a ver si se decanta por alguno...

La anciana, en un santiamén, se escurre por la puerta por donde había salido segundos antes y, al instante, sale radiante de felicidad con varias bolsas en ambas manos.

- Aquí tenemos -la anciana señala una de las bolsas- medio kilo de sueños con jaqueca. Sí, ¡no ponga esa cara! Le puedo asegurar que la clientela me los quita de las manos... Este sueño es el favorito de aquellos que llenan sus existencias de placeres mediocres: una borrachera, un revolcón, un rollete de fin de semana... ¿Mas sabe por qué lo hacen? Pues precisamente, para no enfrentarse a las realidades de sus vidas de cada día... ¡Claro! al principio funciona: sueñan, sueñan, sueñan... Pero desgraciadamente al final despiertan, y con un dolor de cabeza que no te quiero ni contar. Este otro -señalando otra de las bolsas- es el producto más solicitado. Aquí hay kilo y medio de sueños sin agallas. Lo adquieren aquellos que se conforman con bien poquito. Los que vienen son buenos chavales, llenos de sueños, llenos de vitalidad, pero no sé lo que les pasa que, al final, sus sueños revolucionarios y utópicos quedan reducidos al botellón con los amigos, a la moto prometida por sus padres o al último modelito que ha salido en el mercado... Esta bolsa que ve aquí contiene dos kilos y medio de sueños ligth, sueños sin azúcar, sin conservantes ni colorantes, pero también sueños sin pasión, sin locura, sin juventud, sin vida. Finalmente esta última bolsa contiene tres kilos y cuatrocientos gramos de sueños marineros. No piense que los que adquieren este producto sueñan con la inmensidad del mar o con el riesgo a lo desconocido... Estos se pasan media vida soñando cómo navegar más y mejor por la red, y es que sueñan con su media naranja o con la posibilidad de hacer "amigos sin complicaciones", todo ello sin levantarse del sillón y sin despegar la vista del ordenador... Bueno, en fin, le podía enseñar alguno más pero...

- No, no hace falta- le cortó Javier, cada vez más interesado en la conversación con la anciana, así que se atrevió a preguntarla:

- ¿Y cuál es el sueño más grande que tiene, aquel que usted considere más importante?

- ¿El sueño más grande? Puff, bueno, no creo que le interese, pero de todas formas se lo voy a decir: el sueño más grande que tengo es, sin duda alguna, el sueño de Dios.

- ¿Eh? ¿Qué me dice? ¿Y cómo es? ¿Cuánto pesa? ¿Me lo podía usted mostrar, si fuese tan amable?...

La anciana enmudece y se dedica a mirar de arriba abajo y repetidas veces a nuestro amigo. Después empieza a ponerle nervioso paseando en torno a él y sin despegarle en ningún momento la mirada. Finalmente. se acerca a él y le susura al oído:

- El sueño de Dios debe pesar unos 85 kilos.

- ¡Qué casualidad! -responde con entusiasmo el joven-, ¡lo mismo que yo!

- ¿En serio? -esboza una enorme sonrisa la anciana-. A ver si es que el sueño de Dios es precisamente usted...

- ¿Cómo?... El joven no acaba de creérselo, agacha la cabeza y se mira una y otra vez. Al final, cuando le va a preguntar algo, la anciana ha desaparecido, él ya no se encuentra en la tienda y a su alrededor empiezan a despertar un montón de jóvenes tan soñadores como él...

Y a todo esto, vosotros, ¿qué hacéis ahí como pasmarotes? ¡Abrid bien los ojos, que estamos a punto de cerrar la tienda! ¡Venga, largo! ¿O acaso también queréis adquirir el sueño de Dios...? Pues venga, ¡a la báscula!

José María Escudero

Misión Joven nº 358

 

Las mujeres que Jesús no condena

Entonces le presentaron a Jesús varias mujeres “sorprendidas” en distintas situaciones que los escribas y fariseos de estos tiempos tienen la certeza que son meritorias de condena…

Para que Jesús las condenara, apelaron a la ley del más fuerte, a las leyes del Imperio, a las leyes de la guerra sucia, a las técnicas y estrategias de lucha contra el terrorismo, a las leyes de la religión acomodada (o las leyes acomodadas de la religión), a las leyes del mercado y a las nuevas leyes aprobadas por el Congreso (las que “sutilmente” violan los derechos humanos)

Jesús no tenía escapatoria esta vez, pues tenía todo el peso de las múltiples leyes para condenarlas.

Todo estaba claro... ¿Para qué juicios prolongados? ¿Para qué un abogado defensor si la certeza era absoluta?¿Para qué gastar tiempo en escucharlas si nada nuevo tenían para decir?¿Para qué gastar plata en gente que no es útil?¿Para qué aumentar el número de los que no compran y menos producen?

Por eso, aprovecharon para traerlas a todas juntas. Le trajeron:

- Una mujer con retraso mental que había sido violada y sus familiares cercanos querían hacerla abortar…

- Una mujer indígena que se había opuesto a que le quitaran las tierras que su comunidad habita desde remotos tiempos y que son sus legítimos dueños…

- Una mujer campesina que había abierto los caminos públicos, cerrados con tranqueras y candados por un potentado que quería ampliar su cerrada propiedad para abrirla al narcotráfico...

- Una mujer golpeada que quiso librarse del compañero que la maltrababa y por ello se había ido de casa…

- Una mujer-niña que robaba en las calles y cuyas ganancias iban a parar a otras manos…

- Una mujer de piel negra que estaba en una manifestación por los derechos de las mujeres y varones de su color…

- Una mujer que comercializaba su cuerpo porque no tenía otro medio de ganarse la vida y alimentar a sus hijos…

- Una mujer con Sida que había sido contagiada por su compañero y por ello había ejercido violencia contra él…

- Una mujer que, en un barquito, trataba de huir de la violencia, la pobreza y la mala vida hacia un sueño costero…

- Una mujer joven y de “buena familia” que buscaba comprender el atractivo y la seducción de su genitalidad…

- Una mujer que era violada desde hace años por su patrón y al nacer su hijo, en un ataque de desesperación, lo había tirado…

- Una mujer que se negaba a mutilar su clítoris porque quería respetar la integridad de su cuerpo y su derecho a gozar en todas las dimensiones de su sexualidad…

- Una mujer-niña que se había escapado de un orfanato porque se sentía ahogada y maltratada…

- Una mujer que protestaba contra la guerra sanguinaria de los que inventan la guerra para hacer buenos negocios con la sangre, la destrucción y el petróleo…

- Una mujer feminista que luchaba por reivindicar sus derechos de género…

- Una mujer, aun muchachita, que vivía en las calles y se drogaba junto con sus compañeras y compañeras de intemperie…

- Una mujer que celebraba la muerte del dictador…

Recuerdo solo estas…aunque eran muchas más las mujeres que le trajeron a Jesús. No exhibieron documentos, pero sé que había de Asia, África, América, Europa y Oceanía…de países mundialmente famosos y de otros no tanto, de algunas familias de apellido conocido y muchas que eran sólo un número…¿fue una casualidad?

Y Jesús se puso a escribir en la tierra cosas ininteligibles. ¿qué habrá escrito? ¿quién sabe?. Alguno pensó que había escrito “dame paciencia”; otros, “¿qué hago con estos tipos?”; otros, pensaron que estaba dándose tiempo para la respuesta porque estaba un poco desorientado; otros, creyeron que estaba repasando el derecho civil, el derecho penal, el derecho canónico, el derecho torcido de los que siempre vuelcan la balanza de la justicia para su lado…para ver qué artículo citar y salir bien parado de esta situación; algunos, creyeron ver en sus ojos cómo elaboraba su ira…

Pero lo que muy pocos percibieron, o casi ninguno, fue que Jesús, en realidad, “se inclinó” frente a las mujeres que le habían colocado delante pidiéndoles que se “erigiera” como Juez Supremo.

Esta vez, no dijo “el que no tenga pecado, que tire la primera piedra”...porque conocía la tela de los que querían la condena de todas ellas. Los había cargados de orgullo, creídos que eran los limpios, los salvadores del Impero o del planeta, los puros, los religiosos, los defensores de la familia, los guardianes de las iglesias…

Jesús tuvo temor de que les hicieran daño a estas mujeres…Por eso, no volvió a repetir la frase de aquellos tiempos. Esta vez, después de inclinarse frente a ellas un buen rato, se levantó, tomó con sus manos el mentón de cada una de estas mujeres y, cariñosamente, lo levantó, para que no siguieran mirando hacia abajo avergonzadas, sino que recuperaran su dignidad. Luego, las miró transparentemente a sus ojos…a cada una…

A algunas…, les dijo: “busquemos juntos alguna alternativa diferente”.

A otras, les dijo: “sigan adelante, yo estoy con ustedes. Tienen un coraje admirable”.

Y a todas,…todas…les dio un abrazo, las trató de igual a igual…y les dijo: “yo no te condeno”…

Todos, comenzando por los más poderosos y terminando por algunos no tan poderosos (pero bien machistas), pasando por los defensores de “los valores tradicionales”…(pero olvidadizos de la justicia y la misericordia), se fueron retirando. Estaban desilusionados…porque el Señor de los Ejércitos, el Dios Todopoderoso, El Cristo Rey, el Señor de los Señores, no había cumplido la misión encomendada…

Claro, “si era sólo Jesús de Nazaret el hijo del carpintero y la muchachita esa…

Francisco Murray

INDONESIA

El rey sabio

Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría.

Ahora bien, había en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.

Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía: “Desde este momento, quien beba de esta gua enloquecerá”.

A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.

Y aquel día, la gente en las callejuelas y en el mercado, no hacía sino murmurar: “El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos detronarlo”.

Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano bebió ávidamente, y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.

Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón.

Khalil Gibran. El Loco.

 

La multiplicación los panes

Un día en que las multitudes seguían a Jesús, al ver que caminaban muy difícilmente, que se les abría la boca de hambre, que muchos niños lloraban, se le enternece el corazón, le da lástima porque van a desfallecer. Llama a sus discípulos y les dice:

- Hay que buscar una solución inmediata, hay que darles de comer. Ea, dadles de comer.

Se miran todos con cara de extrañeza. Pedro se atreve a decir:

- Pero, Maestro, si aquí no hay supermercados, ni mochilas de comida, ni dónde cazar o pescar.

- Por ahí he visto yo un chavalín, dice Santiago, que traía unos panes y unos pececillos. Los acabará de comprar y se ha unido a nuestra caravana.

- Señor, dice Judas, ya que no hay pan para todos, al menos que haya para ti y algo para nosotros. El más importante eres tú; luego, nosotros que te seguimos de siempre, te entendemos mejor y te ayudamos.

- ¡Qué cara tienes, Judas, qué poco has entendido! Yo empiezo siempre por los últimos o los más débiles; los fuertes, los listos ya se apañan.

- Señor, comenta Mateo, esto es muy grave, vamos a tener que comer hasta las raíces. Yo me acuerdo que, en Caná y otros lugares, te has sacado de la manga comida y hasta vino.

- Ahora tienes la oportunidad de lucirte, de probar lo que eres. ¡Menudo fracaso si alguien se muere de hambre, siguiéndote!, le dice Bartolomé.

- ¡Anda que no sois vivos! ¡Cualquiera confía en vosotros! no tenéis más que frases bonitas... Yo me encargaré de que haya para todos -dice Jesús entre paternal y recriminatorio-. Que se sienten todos. Ponedlos por grupitos, y que el chavalín ese traiga el pan y los peces, para tener una muestra, o ¿queréis un banquete con vino y todo?

- Lo que tú digas, Señor, no vamos ahora a ser exigentes.

- ¡Eh!, empieza a gritar Pedro, sentaos en grupos de doce que va a haber comida para todos. Para el que está de pie nada y, para el niño que llore, tampoco.

Hace Jesús una oración. Y se llenan milagrosamente los cestos de panes y de peces. Parecía un tren de mercancías, o una cabalgata de Reyes. A la gente se le ponían los ojos como bolas de billar. Los discípulos comienzan a coger los cestos y se los llevan de allí junto a los árboles, a la sombrita. Empiezan a comer ellos, tranquilos, e invitan a muchos amigos. Y, mientras comen, rezan, recuerdan y comentan todo lo maravilloso que Jesús dice y hace. Cantan, danzan, ríen, cuentan chistes. Han formado un clima delicioso.

Jesús, que ve el espectáculo, se pone furioso. ¡El colmo! Lo que Él había multiplicado para todos, se lo comían entre unos pocos. Y, lo que era peor, entre los que le seguían más de cerca. Al ver las miradas de pena de la gente, el llanto de los niños y la desvergüenza de los suyos... se levanta, hecho un basilisco, comienza a increparlos, a insultarlos y a punto estuvo de romper una rama de un árbol para pegarles fuerte.

De momento todo se arregló, hubo comida para todos, pero a Jesús le vino una ligera depresión al pensar "¡Qué harán mis discípulos a lo largo de la historia cuando falte Yo!".

Desde entonces, muchos, lo que más valoran, lo que llaman milagro de verdad es que el niño se desprendiera de los pocos panes y peces que tenía. Dicen que, con unos cuantos milagros de ésos, se solucionarían los problemas más graves.

(Alfonso Francia. "Educar en Parábolas". CCS)

 

El ombligo

La naturaleza humana ha dado a cada uno su ombligo. El ombligo nos habla de aquellos primeros meses de nuestra existencia en la que dependimos de nuestra madre. ¡Qué tiempos! ¡Flotando tan calentitos y recogidos! Es cierto que dependíamos totalmente de nuestras madres, pero se estaba tan bien... Tal vez por eso seamos tan aficionados a "mirarnos el ombligo".

En momentos bajos, de tristeza o "depres"... sólo hace falta agachar la cabeza, abrir los ojos y enseguida uno sólo ve el propio ombligo. ¡Qué formidable encuentro!

El ombligo es algo tan cercano, amigable y misterioso que cuesta levantar la mirada de él.

El ombligo de los demás nos suele importar poco. Y es que para ombligo, el que cada uno tiene es el mejor y el centro del mundo.

El ombligo parece señalar el centro de la propia persona... Y cuando uno se convierte en centro, todo lo demás parece girar alrededor e, incluso, llega a desaparecer.

Mirar de cerca el propio ombligo, puedes hacer la prueba, impide muchas veces el ver más allá de uno mismo.

Seguro que Dios, cuando nos dio el ombligo, no imaginó que le íbamos a dar tanta importancia. Si nos volviese a crear, tras la experiencia, nos pondría el ombligo en medio de la frente. De esta manera estaríamos obligados a mirar a los demás. Entonces veríamos que hay ombligos de negros y de blancos, de enfermos y de sanos, de pobres y de ricos, de marginados y de famosos, de tristes y de gente feliz, de... ¡Cuántos ombligos y qué diferentes! No me extraña que Dios no tenga ombligo. ¿Para qué, si no tiene tiempo de mirárselo? ¿Para qué, si Él está siempre pendiente de nosotros?

Carlos G. Vallés

Parábola de la Gratuidad

Parábola actual del Buen Samaritano

Iba una vez un hombre por la carretera con su coche y vio en la cuneta otro coche accidentado, volcado, con un herido dentro. Se paró, bajó del coche, se acercó al otro. A duras penas logró sacarlo de allí, lo montó en el suyo y acudió al pueblo más cercano con el herido. En el puesto de socorro hicieron las primeras curas y nuestro hombre se quedó hasta que le aseguraron que el herido podía vivir. Pero llegó la autoridad judicial y le dijo que no se podía ir, que esperara a prestar declaración. Así lo hizo hasta que se pudo ir.

Pero a los pocos días volvieron a llamarlo para una nueva declaración y ocurrió que el herido se agravó y murió sin haber podido prestar él ninguna declaración. Y entonces nuestro hombre tuvo que volver a declarar una y otra vez. Lo cercaron, intervino la familia del muerto con exigencias y sospechas, con reclamaciones y demandas. Una y otra vez tuvo nuestro hombre que ir a los tribunales. Amargaron muchos meses de su vida, lo trajeron de zarandillo, se vio acusado de criminal o poco menos. Sufría y pensaba: "Yo que acudí a salvarlo me veo ahora acusado de criminal, yo que sacrifiqué mi tranquilidad por aquel hombre y lo saqué de su coche y lo llevé a curarlo y me veo ahora acusado de malvado..:"

Fueron días malos, terribles para aquel hombre bueno y fraternal. Casi se arrepintió de haber hecho el bien. Casi. (...) Por fin todo pasó, todo quedó aclarado.

(...) Y ocurrió que, otra vez, iba él en su coche por la carretera cuando vio un nuevo accidente. Otro coche aplastado. Y ahora iba más gente dentro, había más heridos. Como un relámpago le pasó por la cabeza todo el horror sufrido durante aquellos meses eternos del primer accidente. Pero nuestro hombre no lo dudó o, si lo dudó, salió enseguida de la duda: se paró, salió de su coche y se dispuso a ayudar a los heridos como la primera vez.

Tomado de: Bernardino M. Hernando. El grano de mostaza).

Parte 1

Parte 2

Parte 3

 

 

LA GUERRA

"Una noche, hubo una fiesta en el palacio, y un hombre llegó a arrodillarse ante el príncipe; todos los invitados se quedaron mirando al recién llegado, y vieron que era tuerto, y que la cuenca vacía sangraba. Y el príncipe le preguntó a aquel hombre: "¿Qué te ha ocurrido?" Y el hombre respondió: "¡Oh príncipe!, mi profesión es ser ladrón, y esta noche, como no hay luna, fui a robar la tienda del tejedor, y en la oscuridad tropecé con el telar del tejedor, y perdí un ojo. Y ahora, ¡oh príncipe!, te pido justicia contra el tejedor".

El príncipe mandó llamar al tejedor y, al llegar éste al palacio, el soberano decretó que le vaciaran un ojo.

"¡Oh príncipe!", dijo el tejedor, "el decreto es justo. No me quejo de que me hayan sacado un ojo. Sin embargo, ¡ay de mí!, necesitaba yo los dos ojos para ver los dos lados de la tela que hago. Pero tengo un vecino, de oficio zapatero, que tiene los dos ojos sanos, y en su trabajo no necesita los dos ojos..."

Entonces, el príncipe envió por el zapatero. Y éste acudió, y le sacaron un ojo.

¡Y se hizo justicia!"

Khalil Gibran. "El loco"

Los "pelotas" de un educador

Cierto día un educador preguntó a Jesús:

–Maestro, ¿quién es mi prójimo? ¿A quién debo entregarme con más ahínco, con más fuerza, con más amor?

El Señor se disponía a responder cuando el educador, temiéndose el chaparrón que le podía caer, intentó guarecerse alargando la pregunta:

–¿Y hasta cuándo debo amarle?

Jesús le sonrío y le dijo:

1. Los que van rezagados, hasta que al menos se sitúen en la mitad de la parrilla de salida.

2. Los muy suyos, hasta que aprendan a compartir sus cosas.

3. Los que necesitan beber o “meterse” algo para pasárselo bien, hasta que aprendan a disfrutar manteniendo la cabeza fría y el corazón caliente.

4. Los “amigos” de psicólogos, orientadores y profesores de guardia, hasta que rompan y cambien de amistades.

5. Los “chorizos,” hasta que respeten las cosas de los demás.

6. Los “amargaos de la vida,” hasta que suelten, al menos y en un breve lapso de tiempo, un puñado de sonrisas.

7. Los indiferentes, los apáticos, los comodones, hasta que tomen partido por las cosas.

8. Los que se lo saben todo y se sienten perfectos, hasta que prueben los aspectos saludables del error.

9. Los que siempre llegan tarde, hasta que “enciendan” las luces del local de reuniones.

10. Los fracasados, los derrotados, los pesimistas, hasta que se den cuenta que sólo han perdido una batalla, y que les queda mucha guerra por dar.

11. Los que viven angustiados por problemas en casa, con los amigos, en el instituto, hasta que ese problema “pasa a ser propiedad” al menos de dos.

12. Los “novilleros,” hasta que te hagan olvidar en casa el listado de faltas de asistencia.

13. Los insuficientes, hasta que lleguen al aprobado.

14. Los que salen solos al recreo, hasta que regresen rodeados de un montón de amigos.

15. Los que apenas reciben llamadas de sus compañeros, hasta que les tengas que retirar el móvil por tanto “toquecito.”

16. Los que fardan por el número de revolcones y rolletes de fin de semana, hasta que celebren su primer año con su pareja.

17. Los que un día creyeron en la utopía, en los sueños, en un mundo mejor y que hoy, fruto de los palos de la vida, han desistido, hasta que se convenzan de que todavía es posible.

18. Los que ya han probado de todo y están cansados de la vida, hasta que vuelvan a despertarse cada día con una nueva ilusión.

19. Los que “maquillan” continuamente su vida y fingen ser lo que no son, hasta que aprendan a aceptarse y a quererse como son.

20. Los que piensan que Dios no existe o les trae sin cuidado, hasta que le descubran en ti.


José María Escudero
Misión Joven Nº 356. Septiembre 2006