El ombligo
La naturaleza humana ha dado a cada uno su ombligo. El ombligo nos habla de aquellos primeros meses de nuestra existencia en la que dependimos de nuestra madre. ¡Qué tiempos! ¡Flotando tan calentitos y recogidos! Es cierto que dependíamos totalmente de nuestras madres, pero se estaba tan bien... Tal vez por eso seamos tan aficionados a "mirarnos el ombligo".
En momentos bajos, de tristeza o "depres"... sólo hace falta agachar la cabeza, abrir los ojos y enseguida uno sólo ve el propio ombligo. ¡Qué formidable encuentro!
El ombligo es algo tan cercano, amigable y misterioso que cuesta levantar la mirada de él.
El ombligo de los demás nos suele importar poco. Y es que para ombligo, el que cada uno tiene es el mejor y el centro del mundo.
El ombligo parece señalar el centro de la propia persona... Y cuando uno se convierte en centro, todo lo demás parece girar alrededor e, incluso, llega a desaparecer.
Mirar de cerca el propio ombligo, puedes hacer la prueba, impide muchas veces el ver más allá de uno mismo.
Seguro que Dios, cuando nos dio el ombligo, no imaginó que le íbamos a dar tanta importancia. Si nos volviese a crear, tras la experiencia, nos pondría el ombligo en medio de la frente. De esta manera estaríamos obligados a mirar a los demás. Entonces veríamos que hay ombligos de negros y de blancos, de enfermos y de sanos, de pobres y de ricos, de marginados y de famosos, de tristes y de gente feliz, de... ¡Cuántos ombligos y qué diferentes! No me extraña que Dios no tenga ombligo. ¿Para qué, si no tiene tiempo de mirárselo? ¿Para qué, si Él está siempre pendiente de nosotros?
Carlos G. Vallés
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