Parábola de la Gratuidad
Parábola actual del Buen Samaritano
Iba una vez un hombre por la carretera con su coche y vio en la cuneta otro coche accidentado, volcado, con un herido dentro. Se paró, bajó del coche, se acercó al otro. A duras penas logró sacarlo de allí, lo montó en el suyo y acudió al pueblo más cercano con el herido. En el puesto de socorro hicieron las primeras curas y nuestro hombre se quedó hasta que le aseguraron que el herido podía vivir. Pero llegó la autoridad judicial y le dijo que no se podía ir, que esperara a prestar declaración. Así lo hizo hasta que se pudo ir.
Pero a los pocos días volvieron a llamarlo para una nueva declaración y ocurrió que el herido se agravó y murió sin haber podido prestar él ninguna declaración. Y entonces nuestro hombre tuvo que volver a declarar una y otra vez. Lo cercaron, intervino la familia del muerto con exigencias y sospechas, con reclamaciones y demandas. Una y otra vez tuvo nuestro hombre que ir a los tribunales. Amargaron muchos meses de su vida, lo trajeron de zarandillo, se vio acusado de criminal o poco menos. Sufría y pensaba: "Yo que acudí a salvarlo me veo ahora acusado de criminal, yo que sacrifiqué mi tranquilidad por aquel hombre y lo saqué de su coche y lo llevé a curarlo y me veo ahora acusado de malvado..:"
Fueron días malos, terribles para aquel hombre bueno y fraternal. Casi se arrepintió de haber hecho el bien. Casi. (...) Por fin todo pasó, todo quedó aclarado.
(...) Y ocurrió que, otra vez, iba él en su coche por la carretera cuando vio un nuevo accidente. Otro coche aplastado. Y ahora iba más gente dentro, había más heridos. Como un relámpago le pasó por la cabeza todo el horror sufrido durante aquellos meses eternos del primer accidente. Pero nuestro hombre no lo dudó o, si lo dudó, salió enseguida de la duda: se paró, salió de su coche y se dispuso a ayudar a los heridos como la primera vez.
Tomado de: Bernardino M. Hernando. El grano de mostaza).
Parte 1
Parte 2
Parte 3
0 comentarios