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RELILOMO

El sueño de Dios

Y mira que había visto cosas extrañas en su vida...., pero ¡vamos!, hasta esos términos...¡no! El joven Javier estaba frente a una pequeña tienda, cuyo escaparate contenía un rótulo que, a malas penas, podía descifrarse: "Se venden sueños"

Javier, preso de una enorme curiosidad no se lo piensa dos veces y entra como una exhalación al interior... Acaso ¿no entraríais vosotros?... ¡Pues pasad, pasad, no os quedéis en la puerta!J

¡Vaya desilusión! Javier estaba a punto de dar marcha atrás, pues el pequeño habitáculo estaba vacío: ni un mostrador, ni unas cajas, ni una simple nota aclaratoria... Nada de nada. Menos mal que al instante, por arte de magia o, mejor dicho, por el sublime arte de los sueños, una anciana aparece en escena... ¿La veis?... ¿No? Pues cerrad los ojos... ¿Ya? ¡Bien, sigamos!

- Buenas tardes, joven. ¿Desea algo?

- Hola, no, no... O sí, bueno, no sé... Es que he leído lo que ponía en el escaparate, pero ya veo que andan de reformas...

- ¿Cómo? No, no -le sonríe tiernamente la anciana-, es que los sueños les tenemos en el interior... No paran quietos, apenas alguien abre la puerta y ya quieren echar a volar... Y es que ya se sabe: "los sueños, sueños son"

- Ah, bueno- dice Javier, no muy convencido y empezando a dudar de la salud mental de la anciana. Mire -se vuelve a dirigir a Javier-, le voy a mostrar los tipos de sueños que tengo, a ver si se decanta por alguno...

La anciana, en un santiamén, se escurre por la puerta por donde había salido segundos antes y, al instante, sale radiante de felicidad con varias bolsas en ambas manos.

- Aquí tenemos -la anciana señala una de las bolsas- medio kilo de sueños con jaqueca. Sí, ¡no ponga esa cara! Le puedo asegurar que la clientela me los quita de las manos... Este sueño es el favorito de aquellos que llenan sus existencias de placeres mediocres: una borrachera, un revolcón, un rollete de fin de semana... ¿Mas sabe por qué lo hacen? Pues precisamente, para no enfrentarse a las realidades de sus vidas de cada día... ¡Claro! al principio funciona: sueñan, sueñan, sueñan... Pero desgraciadamente al final despiertan, y con un dolor de cabeza que no te quiero ni contar. Este otro -señalando otra de las bolsas- es el producto más solicitado. Aquí hay kilo y medio de sueños sin agallas. Lo adquieren aquellos que se conforman con bien poquito. Los que vienen son buenos chavales, llenos de sueños, llenos de vitalidad, pero no sé lo que les pasa que, al final, sus sueños revolucionarios y utópicos quedan reducidos al botellón con los amigos, a la moto prometida por sus padres o al último modelito que ha salido en el mercado... Esta bolsa que ve aquí contiene dos kilos y medio de sueños ligth, sueños sin azúcar, sin conservantes ni colorantes, pero también sueños sin pasión, sin locura, sin juventud, sin vida. Finalmente esta última bolsa contiene tres kilos y cuatrocientos gramos de sueños marineros. No piense que los que adquieren este producto sueñan con la inmensidad del mar o con el riesgo a lo desconocido... Estos se pasan media vida soñando cómo navegar más y mejor por la red, y es que sueñan con su media naranja o con la posibilidad de hacer "amigos sin complicaciones", todo ello sin levantarse del sillón y sin despegar la vista del ordenador... Bueno, en fin, le podía enseñar alguno más pero...

- No, no hace falta- le cortó Javier, cada vez más interesado en la conversación con la anciana, así que se atrevió a preguntarla:

- ¿Y cuál es el sueño más grande que tiene, aquel que usted considere más importante?

- ¿El sueño más grande? Puff, bueno, no creo que le interese, pero de todas formas se lo voy a decir: el sueño más grande que tengo es, sin duda alguna, el sueño de Dios.

- ¿Eh? ¿Qué me dice? ¿Y cómo es? ¿Cuánto pesa? ¿Me lo podía usted mostrar, si fuese tan amable?...

La anciana enmudece y se dedica a mirar de arriba abajo y repetidas veces a nuestro amigo. Después empieza a ponerle nervioso paseando en torno a él y sin despegarle en ningún momento la mirada. Finalmente. se acerca a él y le susura al oído:

- El sueño de Dios debe pesar unos 85 kilos.

- ¡Qué casualidad! -responde con entusiasmo el joven-, ¡lo mismo que yo!

- ¿En serio? -esboza una enorme sonrisa la anciana-. A ver si es que el sueño de Dios es precisamente usted...

- ¿Cómo?... El joven no acaba de creérselo, agacha la cabeza y se mira una y otra vez. Al final, cuando le va a preguntar algo, la anciana ha desaparecido, él ya no se encuentra en la tienda y a su alrededor empiezan a despertar un montón de jóvenes tan soñadores como él...

Y a todo esto, vosotros, ¿qué hacéis ahí como pasmarotes? ¡Abrid bien los ojos, que estamos a punto de cerrar la tienda! ¡Venga, largo! ¿O acaso también queréis adquirir el sueño de Dios...? Pues venga, ¡a la báscula!

José María Escudero

Misión Joven nº 358

 

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